
Varios jeans, varias historias
Estaba sin trabajo, sin ahorros y con una máquina de coser doméstica. Lo único que sobraba eran ganas de crear.

Hay un momento, cuando desarmo un jean, en el que dejo de ver una prenda.
Mi imaginación vuela y comienza a viajar. La tela guarda todas sus historias y eso no se le va con el lavado.
Cuando junto varios jeans para hacer un bolso no estoy juntando tela. Estoy juntando historias que no se conocen entre sí y que de acá en adelante van a viajar juntas.
Cómo empecé
Voy a ser honesta, porque la versión linda no le sirve a nadie.
Empecé sin trabajo, sin ahorros, con una máquina de coser doméstica que ya tenía sus años y montones de ropa usada alrededor. Y con unas ganas enormes de hacer algo con las manos.
De chica la costura me llamaba. Mi mamá compraba revistas de moldes y yo me perdía ahí adentro, imaginando prendas. Pero no me salía. Soy zurda, y en esa época las tijeras para zurdos eran una rareza. Cortar era una pelea: me frustraba a mí y frustraba a quien intentara enseñarme. Terminé dejándolo y me fui a jugar.
Muchos años después hice un curso de corte y confección para poder coserle los vestidos de danza a mi hija. Ahí descubrí que sí podía. Que nunca había sido cuestión de talento.
El primer bolso
Un día mi hija me pidió unas fundas de almohadón para una amiga que no tenía mucho presupuesto. Le propuse hacerlas desarmando ropa vieja: esa que ya nadie usa, pasada de moda o manchada, camino a la basura.
Para entonces yo venía juntando cosas sin saber bien para qué. Cierres de mochilas rotas, tachas, herrajes, reguladores de bolsos viejos. Todo guardado con la certeza de que algún día iba a servir.
Después me pidió un bolso hecho con unos jeans que ya no se ponía. Me senté a la máquina.
Quedó hermoso. Todavía me acuerdo de la sorpresa: con tan poco, algo así.
Dos compañeras de la facultad se lo vieron puesto y me pidieron uno cada una. Trajeron sus propios jeans y sus camisas viejas, y con esa tela y mis herrajes guardados salieron dos bolsos que no se parecían a nada.
Ahí empezó todo esto.
Por qué sigo
En algún momento me crucé con una frase que se me quedó pegada: hacé lo mejor que puedas con lo que tengas, donde estés.
Yo estaba sin trabajo y sin un peso. Pero tenía mis manos, una máquina y una montaña de ropa que nadie quería. La frase dejó de ser una frase y pasó a ser el método.
Después vino el cachetazo. Descubrí que hay montañas de ropa acumulándose en basurales a cielo abierto, mucha de ella sin estrenar. En el desierto de Atacama, a miles de kilómetros de acá, hay prendas nuevas tiradas al sol.
Eso no lo arreglo yo. Pero puedo elegir no sumar. Por eso trabajo con la menor cantidad de material nuevo posible: la tela ya vivió, los herrajes ya vivieron, y les toca otra vuelta.
Lo que significa para la pieza que tenés en la mano
Que es única, y no como frase de venta. Es literal: no hay dos jeans gastados igual, así que no hay dos bolsos iguales. El que te llevás no se repite.
Que está pensado para durar años, no una temporada.
Y que atrás hay gente. La que usó ese jean antes que vos, y yo, acá en Paraná, sentada a la máquina, decidiendo dónde va cada corte.
Si algo aprendí es que no hace falta empezar con mucho. Mirá alrededor: hay más material del que parece.
Hacé lo mejor que puedas con lo que tengas, donde estés.